Mediación cuando los hermanos no se hablan

 

Rocio Sampere Meneses

Mediadora

 

En un curso de mediación al que asistí como alumna nos pidieron que nos pusiéramos por parejas y que nos mirásemos a los ojos dos minutos ininterrumpidos.

Mi pareja fue un compañero de profesión, Mariano, había coincidido con él en cientos de ocasiones, pasábamos desapercibidos. Sin embargo, después de ese día cuando nos vemos nos paramos, recordamos, tenemos una especial sensibilidad.

Yo en esos dos interminables minutos sentía que entraba en su zona de confort, y el en la mía. Me molestaba los primeros segundos, después me dejé llevar y quería entender en sus ojos algo sobre él.

Dicen que cuando miramos y nos devuelven la mirada se pone en acción nuestra capacidad de entender que es lo que pasa por la mente del otro. Bella reciprocidad.

Intentar saber que quien tienes enfrente tiene fortalezas y debilidades, puntos de vista diferentes, es clave para poder entenderse. Esa mirada constante a los ojos de otro provoca un reconocimiento.

Entonces porque no solemos mirar a los ojos ¿no miramos porque nos consideramos menos? ¿o porque no queremos ofender? ¿o no nos queremos entregar?

Enfocar tu mirada al otro con interés, con tiempo, es complicado, no hay duda alguna. Fijaros, se hizo un experimento en Tokio en el año 2016 y se concluyó que el contacto visual comparte el recurso cognitivo general, es decir, requiere una actividad en la que nuestro cerebro se concentra y se cansa.

En las últimas mediaciones en las que estoy interviniendo, de divisiones de herencia, los hermanos quieren sesiones privadas. Confían y demandan la confidencialidad del proceso. Prefieren transmitir a las mediadoras información, sentimientos, querencias… no creen en su propio dialogo. Las mediadoras escuchan, comprenden, empatizan, se entregan, resumen, recogen propuestas y comparten solo lo que les es autorizado.

Y permítanme que les confiese que me siento una extraña invadiendo su mundo, me duele, porque sé que estoy entre quienes antaño se miraron a los ojos, con entrega, mucho más de dos interminables minutos y se conocen más que nadie, desde siempre, desde esos momentos en los que no hay matices, ni engaños, solo complicidad.

Es una realidad habitual que los hermanos adultos dejen de hablarse y eso implica sufrimiento. Y en muchas ocasiones cuando con la mediación se soluciona el conflicto de base, se recupera la confianza y la necesidad de volver a los sentimientos de la infancia, si es así, la mediación enseña su valor.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *